Pensando en voz alta
El pasado viernes 30 de abril asistimos a la inauguración del Quinto Salón de Pintura “Eduardo Kingman Riofrío”, propuesto por la Universidad Nacional de Loja, en el marco del Sexto Encuentro Nacional de Culturas. Quiero expresar mi felicitación a las y los colegas ganadores y desearles lo mejor. Habrá momento de comentar el veredicto con la altura que se merece.
De lo que necesito hablar es de una parte del discurso que hiciera el presidente del Salón y que me apena sobremanera. Me pregunto, cómo es posible que en una época como la actual, llena de oportunidades y de posibilidades abiertas a la diversidad de expresiones en el territorio artístico, se aproveche un acto como éste para desvalorizar todo tipo de arte que no sea la pintura. Estoy de acuerdo en que se quiera poner en alto el espíritu del certamen pero, ¿por qué tenemos que invalidar otras propuestas? ¿Qué verdad ha sido dicha en materia de arte que nos autorice a desmerecer el trabajo de artistas que no hacen pintura de caballete? Esto no es un ataque a este tipo de obras, con las que además me identifico y complazco, pero las artes visuales hace tiempo que han emprendido caminos afortunadamente inciertos. Como artistas debemos estar orgullosos de nuestro trabajo pero al mismo tiempo saber reconocer el valor de las producciones de otros colegas que no piensan como nosotros.
Paralelo a ésto se trató de minimizar el esfuerzo de la Bienal de Cuenca, sin un argumento académico que nos hubiera gustado escuchar, habida cuenta del respetable contexto Universitario. Si bien es cierto que la Bienal ha tenido momentos que nos han dejado con un mal sabor, no podemos desconocer los favorables cambios que ha sufrido y que en la última edición reivindicaron su calidad.
Demás está decir que me hago responsable de esta crítica que apuesta por un crecimiento del Salón pero también por una comprensión de la complejidad de los fenómenos artísticos en un mundo que precisa la complementariedad en lugar de una competitividad ciega que los artistas no podemos permitirnos.
Diego González Ojeda